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Archive for 30 octubre 2006

Mucho hijo de puta suelto

A cien metros de mi casa hay una plaza de aparcamiento reservado para minusválidos. Es una plaza pública, lo que quiere decir que cualquier vehículo que tenga la tarjeta acreditativa, puede estacionar ahí.

Sin embargo, el noventa por ciento de las veces está ocupada por gente que no tiene ese documento, ni tiene minusvalía de ningún tipo ni vergüenza que valga. Y no pasa nada, absolutamente nada. Nunca un guardia pone una multa, nunca una grúa se lleva un coche, nunca nada. (más…)

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Hay cosas de nosotras que nadie sabe.
Como por ejemplo el nombre con que llamamos a las flores que nacen de los cactus. Como por ejemplo que detestamos la figuración y las sonrisas plastificadas que tanto abundan en nuestro ámbito.
(Todo esto en secreto, claro está).

Pero aun hay más.

Nadie sabe cuantas veces, en el supermercado, robamos expositores de Pastelitos Pantera Rosa con permiso de la cajera, y champús de huevo sin la aprobación de ningún empleado, sólo por justicia.

Nadie sabe tampoco las veces que planeamos burlarnos de los transeuntes cuando yo me levantara de mi silla frente al portal y fingiera caminar con un estilo perfecto por lo menos tres pasos. Tú pensabas gritar en ese momento: ¡Milagro, milagro!
No entiendo por qué al final nunca nos animamos.

Extraño mucho nuestras locuras, Celi, y hablar de las cosas más importantes a primera hora de la mañana. Y compartir el desayuno en función de las necesidades calóricas de cada una y ser ampliamente criticadas por el departamento de contratación, ese lugar extraordinario donde se habla cinco idiomas y todo es tan infartantemente urgente que hasta se oye bramar a la Reina de Corazones.

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Como eres, escribes

Escribir es una cosa sencilla.
Escribir es sólo tener algo que decir y decirlo. Nada más.
Como piensas, escribes. Como hablas, escribes. Como eres, escribes.

Hay quienes dicen que escriben «porque no saben hacer otra cosa» y yo lo que veo, en muchos de esos casos, es la manifestación de un deseo y no de una realidad. Existen otros que dicen escribir «porque no pueden evitarlo».

Yo, la verdad, no sé muy bien por qué escribo cosas. Lo que sí tengo claro es que no es el resultado de ninguna de las dos razones expuestas más arriba. Si lo analizo, me doy cuenta de que para mí la escritura es simplemente una actividad que me da placer. Nada vital, nada básico para mi supervivencia. Podría prescindir tranquilamente de escribir el resto de mis días si encontrara alguna otra cosa que me lo hiciera pasar igual de bien a un coste tan liviano. Lo que pienso, lo que imagino y el lenguaje, son herramientas que están permanentemente a mi servicio, que puedo llevar conmigo a cualquier parte, usar y divertirme. De ahí la rentabilidad continuada del acto de escribir.

Tal vez por eso me falta la ambición de ver mi nombre en la tapa de un libro. Tal vez por eso es por lo que no me siento perjudicada por las políticas del «despiadado mundo editorial». A mí, en particular, lo único que me interesa es hacer bien las cosas que hago. Para mi propio placer, para mi propia satisfacción personal, y más nada.

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En un centro comercial, en un cine, en un parque de atracciones (donde sea), la proporción de baños públicos suele rondar el uno contra veinte. Es decir, diez baños para señora normal, diez baños para caballero normal, y un baño para discapacitados, sean señoras o sean caballeros.

El mencionado baño para señoras o caballeros discapacitados, normalmente es más grande que cada uno de los veinte baños para señoras y caballeros no discapacitados, porque debe poder contener una silla de ruedas adentro con su respectivo dueño, y se debe poder maniobrar con ella sin romper nada, ni romperse el dueño tampoco. (más…)

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En el verano de 1988 compré un libro de poemas. Era un libro pequeño, como casi todos esos libros de poesía que ganan premios y son lindos. Llevaba por título Descenso a un aguafuerte atribuido a Piranesi. No recuerdo exactamente qué idea fue la que me invitó a escoger ese y no otro, pero el caso es que lo compré a razón de 495 pesetas y durante 18 años he ido releyéndolo una y otra vez, sin que me cansara nunca.

Cualquiera podría suponer que tratándose de una obra a la que me unió fidelidad desde el principio, alguna vez me hubiera sentido inclinada a disfrutar de otro título del mismo autor o, como mínimo, a interesarme por su vida, su trayectoria literaria o cualquiera de esas cosas que suelen llamar la atención de la gente. Pero no, jamás se me ocurrió buscar nada relacionado con el nombre que figuraba en la tapa. Y eso estuvo siendo así hasta hace un semana. Una semana escasa en la que volví a hojear el poemario y leí:

Escribe tus días,
la belleza que contienen.
Aunque el estilo no sea el más adecuado,
das fe de tu agobiada existencia.

Y pensé: «Esto es lo que hace la gente ahora en los blogs. Antes uno se dedicaba a lo mismo pero nadie se enteraba. Y esos textos la mayor parte de las veces acababan, tras años de amarillear en un cajón, en el cubo de la basura». Y todavía pensé más: «Y el que escribió este librito, ¿quién te dice que no tenga un blog ahora también? —y comencé a morderme la uña del dedo anular de la mano derecha—: ¿Sabes lo que vas a hacer, Barbarita? Vas a consultar en Google. Después de casi dos decenios yendo a caer a una misma obra de un mismo autor una media de tres veces por año, algo de curiosidad por tu parte me parece una actitud bastante sana».

Así que, sin pérdida de tiempo, tecleé «GONZALO SANTELICES» en el buscador y ahí supe que el responsable del ejemplar más manoseado de mi raquítica biblioteca había nacido en Santiago de Chile en 1961 y había fallecido en Madrid en 1997. Y que a pesar de no haber llegado a viejo consiguió publicar ocho obras (¡ocho!), incluso una de ellas después de muerto, igual que le pasó a Freddie Mercury.

Me quedé bastante perpleja, a qué negarlo. Una, cuando después de tanto tiempo se decide a salir por fin de la ignorancia, se imagina cualquier cosa menos que la gente lleve nueve años fallecida. Y es raro porque, pensándolo bien, eso de que uno u otro de pronto ya no viva más, todos los días pasa un montón de veces.

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Capricho victoriano

A mí me gustaría ser rica sólo por dos cuestiones. La primera, para poder tener una casa con ascensor. La segunda, para poder comprar cosas como ésta:

La Pequeña Dorrit, como pudieron disfrutarla los primeros lectores

Primera edición de La Pequeña Dorrit en dos volúmenes (Bradbury & Evans, Londres 1857).

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Pequeña historia con imagen

Foto © Cory Ryan

Amanda abraza a su hijo Isaac, e Isaac abraza a la muñeca amish confeccionada originalmente para Amanda por su hermana en Ohio.

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