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Archive for 28 marzo 2008

Futuro imperfecto

Mañana me despertaré sin reloj y me levantaré sin pereza, como de costumbre. Llamaré a los niños después de haberles preparado el desayuno y les dejaré la ropa a un lado de la cama. Armando se vestirá solo con su cara de sueño, los ojos entrecerrados, y María me pedirá auxilio haciéndose la pequeña. Pero es que es pequeña.

A las nueve menos veinte subiremos al autobús y el conductor nos dirá cualquier frase amable mientras pasamos la tarjeta por la canceladora. Cuando ya estemos ocupando la última fila de asientos, Armando sacará el álbum de cromos y yo le haré prometer que no lo volverá a mirar hasta la hora del recreo. Me dirá que sí y continuará pasando hojas y señalando algunas estampas con el dedo. María, de pronto, se quejará por algo, por un picor en la pantorrilla izquierda o porque le tira la goma de las coletas. Ambas sabremos que con un mimo se le irá. (más…)

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Bailes de salón

Odio los bailes de salón. Me da igual que quienes los practiquen lo hagan bien: es un estilo horrible. La música que los acompaña es igualmente horrorosa y hasta el vestuario que usan los bailarines es del todo vomitivo.

Los bailes de salón son algo aún más feo que el patinaje artístico, que en pequeñas dosis hasta puede resultar interesante ya sea por el sonido de las cuchillas sobre la pista de hielo o por cómo vuelan las falditas de las patinadoras a causa de la velocidad. Pero a los bailes de salón no hay por dónde cogerlos.

En cambio, adoro los cuentos de Raymond Carver. Y si ahora viniera algún desaprensivo a decirme que en sus ratos libres Raymond Carver era aficionado a los bailes de salón, no sólo no podría creerlo y me reiría con gusto en su cara, sino que me daría un colapso nervioso.

No hay nada en el mundo más diametralmente opuesto a la escritura de Raymond Carver que los bailes de salón. Y eso no hacía falta que yo lo dijera porque salta a la vista, pero lo digo porque no es bonito que los bailes de salón tengan un millón de veces más seguidores que los libritos de Raymond Carver.

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Por la silla

Mi amiga Priscila tiene un hermano un poquito loco, creo que eso ya lo he comentado alguna vez. Pero no es un loco del que valga mucho la pena hablar. Es decir, es un loco etiquetado esquizofrénico, pero locuras, lo que comunmente se entiende por locuras, hace bastante pocas. Su hermana, sin embargo, se preocupa mucho por él y quisiera que Luis (o Lewis, como su madre de forma aristocrática lo llama) accediera a sacarse el carnet de minusválido: eso que dicho como se debe, vendría a ser el Certificado de Discapacidad.

Pero Luis dice que no, que él está perfectamente bien y que no necesita para nada que lo acrediten como discapacitado. Si le sirviera para que le diesen la tarjeta de aparcamiento, bueno, pero para desgravar a Hacienda, nada, porque no piensa hacer la declaración de la renta en su vida, si puede evitarlo. Así que Priscila, como se pone muy nerviosa con todo este asunto del hermano esquizofrénico que va por libre, algunas tardes sube a casa a contarme lo mal que percibe el panorama. Porque es que además, a la madre la acaban de jubilar y ahora la tiene todo el día metida en el piso dándole directrices respecto a los niños y al marido. (más…)

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Más cosas que pienso

Lo bueno de sufrir una enfermedad seria, y con seria me refiero a que te impide sentirte bien el 80% del tiempo, es que el resto de cosas que podrían resultar desagradables en el mundo, pierden por completo su importancia.

Un ejemplo de ésto sería quedarse en el paro. Antes, si alguien me decía que se había quedado sin trabajo me parecía una desgracia. Cuando una persona se me acercaba toda consternada a contarme que le habían despedido, yo solía pensar, o incluso se lo decía, «qué mala suerte». E inmediatamente practicaba algún tipo de frase consoladora. Ahora no, ahora yo misma me quedo en el paro y me incomodo diez minutos o así, pero enseguida se me pasa. Pienso que ya haré otra cosa, pienso que habrán nuevas oportunidades, pienso que qué más da todo, lo importante es que no duela nada. (más…)

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Veinticuatro

Esta imagen es de 1988. Han pasado 20 años.

Es mi hijo, tenía cuatro años ahí. La fotografía se la hice yo una tarde en el parque.
Tiene la boca sucia de chocolate y está jugando en las paralelas.
Hoy cumple veinticuatro. Qué raro es todo.

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El rescate

Devuélveme el amor que me arrebataste,
o entrégaselo, lo mismo me da, al abajo firmante;
pues no hay en este mundo —aunque parezca absurdo—
ni en planetas por descubrir, lo que aquí te pido.
Y no te obligo a nada que no quieras.
Las fuerzas me fallan, mis piernas no responden;
te conocen, pero no llegan a ti.

Una de las más hermosas canciones de Enrique Bunbury, perteneciente al álbum Viaje a ninguna parte. Desde el Liceu de Barcelona, junto a Nacho Vegas.

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Tan efímero

En el foro de coleccionistas de muñecas en el que participo algunos consideran que mis fotos son de las mejores que se le han hecho a Nancy. Esto me halaga y me siento orgullosa de ello.

Sobre todo porque esa gente no sabe (ni nadie lo sabe, porque nadie está cuando trabajo) el esfuerzo que representa para mí coger una muñeca, vestirla, peinarla, colgar los fondos, montar el trípode, hacerla posar, disparar doce o trece fotos con sus consiguientes cambios de ángulo y posturas, y mantenerme de pie todo el tiempo que requiere esa tarea. (más…)

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