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Archive for the ‘Historias’ Category

Siempre fui un vehemente defensor de las buenas maneras, de la cordialidad sincera, de la leve inclinación de cabeza, de la sonrisa moderada. Siempre lo fui y nada me haría más feliz que seguir siéndolo pero, desafortunadamente, la vida me ha llevado a pensar que la amabilidad, el afán de agradar al prójimo y a nosotros mismos a través de la afectuosidad y de la buena educación, es sólo un bonito adorno en nuestro vestuario. He llegado a la conclusión de que nos gusta que la gente sea amable a nuestro alrededor como nos gustan las fachadas recién pintadas o las camas perfectamente hechas: por estética, por efectividad, por higiene.

Todos queremos que se nos trate bien para sentirnos respetables y respetados, y procuramos ser amables con nuestros semejantes con la sola intención de agradar y no entorpecer las relaciones. Por desgracia he comprobado, a mis casi cuarenta y nueve años de edad, que la amabilidad en sí misma no es gran cosa y al mismo tiempo hace una falta de miedo. (más…)

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Por nuestro amor, Piedad

Demoramos bastante más de lo previsto en cerrar la puerta. Abandonar la habitación azul implicaba empezar a vivir, por lo pronto, sin música.

No nos era posible aligerar nuestros movimientos. Piedad nos iba alcanzando las camisas, la ropa interior, los pantalones. Todo ello bien plegado.

No se la veía feliz, suponemos que a nosotros tampoco.

Por estar condenada a ser muy probablemente la última, nos costaba articular una palabra que sonara dulce y no terminara quebrándose. Sobre todo, se nos tenía advertido que no debíamos llorar. (más…)

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Los opuestos

Solía quedarme mucho rato sentado en las escaleras de la estación. Intentaba captar imágenes de la gente que subía y bajaba, y retenerlas en mi cabeza. Creía que con este método un día podría hilvanar una historia en la que los protagonistas fueran en parte esas personas que alguna vez vi ir o volver con sus abrigos plegados sobre el antebrazo, sus bolsos, sus carpetas, sus revistas. Trataba de averiguar si siempre eran los mismos y lo averigüé.

No lo eran.

Algunos de ellos sí, pero no la mayoría. (más…)

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En la plaza

Eran las diez de la noche y nos encontrábamos en una plaza de Premià de Mar. Una plaza grande, de suelo pavimentado, con una hermosa glorieta para los músicos dominicales y algunos columpios para los niños de cualquier día de la semana. Estábamos sentados en la terraza de uno de los bares situados allí y cenábamos.

En una mesa próxima, un grupo de unas ocho personas tomaban sus cervezas y charlaban tranquilamente. A nuestro lado, también sentados a una de las mesas del mismo bar, se encontraba una pareja no demasiado feliz. Él la insultaba en voz baja. Le decía puta y más cosas interesantes y poco agradables de escuchar. Le recriminaba que se hubiera acostado con tantos y le recordaba episodios completos de su adulterio, intentando que la mujer recapacitara. Ella no asentía, ni negaba, ni contestaba ni hacía el más mínimo intento de defenderse de las acusaciones de las que era objeto, ni tampoco se excusaba ni reflexionaba ―por lo menos de forma audible― sobre su comportamiento marital, que a decir del esposo la situaba en lo más bajo de la escala microbiana. (más…)

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TRES ROSAS AMARILLAS

Un relato de Raymond Carver

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Ale­xei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en co­mún: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía. (más…)

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El regalo

Me regalaron Kafka para principiantes, un librito así de pequeño con lo más adorable que puede haber en el mundo, y los dibujitos de Robert Crumb.

Me lo regaló el librero sin querer. Sin querer y sin saber que me lo estaba regalando porque se dispuso a cerrar la tienda mientras yo observaba a Kafka de niño leyendo horrorizado un panfleto, y me hizo salir cuando aún llevaba el librito en la mano. Quise pararme a dejarlo sobre el mostrador, pero él me fue empujando con su sonrisa amable y su estómago vacío y esos toques suaves de su mano sobre mi hombro. Vamos, vamos, decía, es la hora de comer. Y sin quererlo él y sin quererlo yo, el dueño de la librería me regaló a Kafka para gente que comienza, que es exactamente lo que yo hago todo el tiempo: comenzar. (más…)

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Mi tía Ursula y yo

Nací parapléjica, o eso me dijeron mis padres. Desde siempre, desde que tengo uso de razón, me recuerdo desplazándome con ortesis y muletas, o bien en silla de ruedas. No conozco otra forma de moverme.

En la escuela no lo pasé mal. Hubo temporadas que asistí muy poco porque perdíamos a la tata de turno, que era la encargada de llevarme y de traerme, y entonces no tenía más remedio que quedarme en casa repasando lecciones o haciendo tareas. Mis padres pasaban la mayor parte del tiempo viajando, pues los dos eran científicos de renombre, por lo que casi se podría decir que la que me crió y educó fue mi tía Ursula, que era soltera y vivía con nosotros. (más…)

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