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Archive for the ‘Sin remedio’ Category

Desinformada

Hace más de dos meses que se me estropeó la antena de la tele. Durante un par de semanas estuve pensando en llamar a un técnico para que me la arreglase. Más que nada porque solía hacer coincidir el horario de comidas con los noticiarios, y así, entre la ensalada y la sopa, me enteraba un poco de cómo iba el mundo.

Sin embargo, a los pocos días perder el contacto con la realidad (televisiva), comencé a notar cierta mejoría en mi estado de ánimo general. Menos mujeres muertas, menos guerras lejanas, menos niños defenestrados, menos asesinos en serie, menos jueces, menos alcaldes, menos chicas desaparecidas, menos madres llorando, menos enfermos incurables, menos parados, menos violadores, menos atracadores de joyerías… toda esa gente que ya no estaba obró en mí algo que hacía años no lograba experimentar: la sensación de no vivir bajo amenaza. La sensación de flotar en una especie de limbo donde todo lo que pasa es tan cotidiano, tan mío, tan simple, que de pronto una mañana me fui a peinar y me descubrí frente al espejo sonriendo por nada. Algo muy parecido a lo que me sucedía antes, cuando mi vida transcurría en orden y la gente al verme feliz sin un motivo concreto me preguntaba si estaba drogada o qué. (más…)

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Tanto zen para nada

Últimamente el sentido común lo he regalado. A este paso sé que en cuatro días me convertiré en una vieja gruñona (las canas, el dolor en las caderas y el entrecejo arrugado ya los tengo hace años), y no me importa. Me hace feliz ser una vieja, tanto que en cualquier momento me agarra un viento loco y comienzo a peinarme con moño.

Bueno, todo este preámbulo en realidad es para decir que sí, que en los últimos tiempos el sentido común lo he regalado pero que hoy, justamente hoy, aún me quedaba un poco y lo he invertido completo en intentar entenderme (pacíficamente) con un vendedor de ebay. (más…)

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La abuela prestidigitadora

Últimamente pienso en esto: ¿cómo hace la gente para tener… pongamos 50 años, y estar contenta? ¿Cómo puede uno pasarse cinco décadas observando el mundo, la gente, la vida, y sentirse complacido? Es algo que hoy por hoy no me explico, y cada día me explico menos.

A veces me da por pensar que fingen. Me da por imaginar que una abuela simula felicidad para sus nietos porque los quiere. Que no puede actuar con naturalidad por conmiseración hacia ellos, por respeto a su inocencia, por salvaguardarlos de la realidad —del mecanismo interno de las cosas— unos años más. (más…)

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La gente me cae mal

La gente me cae mal. Yo sé que debería poner un remedio a ésto, pero no lo hago. ¿Por qué? Pues porque en cuanto trato de que alguien que me resulta antipático me caiga un poco mejor, me encuentro a mí misma recurriendo a los refranes, sonriendo sin ganas, contando anécdotas desestructuradas que no tienen la menor gracia, y me pongo de un humor tan pésimo que me dan ganas de sulfatarlos a todos.

Incomprensiblemente, desde que estoy en la casa nueva la gente me sigue cayendo igual de mal. Yo creía que residir en una población de 483 habitantes iba a hacer que viera a la poca humanidad que se me cruza en el camino con ojos más optimistas. Pero no, las personas me resultan igual de insoportables en una ciudad de 2 millones de seres que en esta especie de Bolsón Cerrado en el que vivo. (más…)

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La luz que mata

Si hay algo en este mundo que me pone frenética de veras, es que me enciendan la luz grande del cuarto cuando estoy dormida. Porque se le puede dar a la luz del pasillo y dejar entrar su resplandor por la puerta. O se puede encender la lámpara de la mesita de noche. O se puede abrir el cajón y buscar los calzoncillos a tientas, incluso. Pero no: cada día de Dios en mi casa, a las nueve de la mañana, se produce un estallido lumínico sobre mi cabeza.

—¡Por lo que más quieras, apaga eso! —grito— ¡O al menos avisa para que me tape la cara!

—Anda, cállate y duerme.

—¡No puedo! ¡Apaga esa luz acuchillante, asesino!

—No me grites.

—¡Y tú no emplees ese tono de mierda para dirigirte a mí mientras agonizo!

—Serás extraterrestre del diablo…

—¡No me digas extraterrestre, gordo infame!

—Cállate, loca.

—¡Loco tú!

—¡Loca, pestaña, hierro!

—¡Ayyyyyyyyyy, no me insultes! ¡Encima me insultas! ¡Encima de que me estas acribillando con los 100 watios, me insultas!

Y así. Hasta que por fin aparecen los calzoncillos o los calcetines o lo que sea. Y entonces Xavi abandona el cuarto como si nada y yo ya no puedo volver a dormirme.

 

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La sequía

Recuerdo haber escrito sólo una vez por obligación, y ni siquiera fue en castellano. Tenía que redactar algo para sacarme el Graduado Escolar y decidí hablar sobre la sequía que azotaba Barcelona aquél mes de junio. Conociéndome, todavía no sé cómo fui capaz de ir tirando del hilo hasta llenar un folio con un tema que no me interesaba lo más mínimo.

Dije muchas cosas sobre la sequía. Supongo que como en la tele no hacían más que tratar el asunto y lo tenía bastante oído, me fingí locutora de un noticiario TV3 y empecé a largar como una condenada. Imagino, también, que ser consciente de que no sabía nada de geometría, de que no había logrado aprender cómo se resuelve una ecuación, y de que para situar montes y ríos tampoco me sobraba el talento, me llevó a concentrar todas mis dotes de charlatana en aquél texto bobo. (más…)

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Color naranja

Me molestan mucho los idiotas. Esto es algo que, me imagino, le debe pasar a todo el mundo. Pero como la gente por regla general tiene familia y entre la familia suele haber siempre algún idiota al que le tienen cariño, disimulan. O aguantan.

Yo soy una privilegiada. Con el paso del tiempo fui perdiendo a toda mi parentela, que ya desde la línea de salida prometía ser bastante escasa, pues mi padre se volatilizó en cuanto yo empecé a ocupar espacio en la panza de mi madre, y con él todo el catálogo de tíos, abuelos y primos a los que se suele denominar «paternos». (más…)

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